воскресенье, октября 08, 2006

 

Después de 60 días......

Bueno, cortesía de los amigos que se roban los cables, no he podido subir nada en 60 días (esto es, por cierto, una exageración), así que ahora lo hago. lo que van a leer es una secuela del nada famoso libro 1984, escrito en el año 1937. no está terminado y a penas voy en el insípido inicio.....que lo disfruten....creo que está demás decir que no incentiven a los tipejos que , por esas razones d ela vida, copian esto y lo hacen pasar por que son de su autoría,

PD1: las RAZONES (los que me conocen saben las razones de ALGO)...bueno, ésas las subo otro día

PD2: visiten mi fotolog , estará reweno

PD3: posteen sus comentarios

Desde hace mucho tiempo ella se sentía atraída por él. No por que le pareciera increíblemente atractivo, sino porque, en el fondo de su mente creía que él tenía lo mismo que ella en la cabeza: odio al Gran Hermano y todo lo referente al Socialismo Inglés, o para ser más exactos, todo lo que tuviera relación con el Partido y la vida actual que penosamente podía llevarse.

Y la convicción que tenía no era más que fe o esperanza en que lo que ella creía de él. No recuerda la primera vez que lo vio, tampoco recordaba qué máquina había tenido que reparar ayer o hace unos pocos días; la agobiante y absorbente monotonía del vivir impedía, por medios de un humano ordinario, recordar las cosas que había hecho hace unos días, e, inclusive, reconstruir su propio pasado. Si todos los días eran iguales, ¿qué elementos distintivos permitirían diferenciar uno de otro?

Hace muy poco tiempo a ella no le interesaba esto de recordar las cosas más que lo que a alguien podría interesarle la posición en la que cae el pan (la poca ración semanal) al suelo. Las sospechas de amigable subversión que ella tenía de él habían marcado un antes y un después en su significativa existencia.

Pero esta no era la primera vez que le sucedía algo así. A ella sólo le preocupaba (aún le preocupa sólo eso) pasarlo bien sin que le Partido la descubriera. Para ella era muy simple: el Partido quería explotar a la gente y ella sólo quería disfrutar de la vida ( si es que se le puede llamar así a una existencia absoluta y completamente vigilada y sin libertades más que las que son prohibidas y furtivas). Y para llevar a cabo su objetivo, usaba una combinación de rigidez muscular facial, cínico activismo, elaborados e intrincados planes para reuniones furtivas y una gran cuota de buena suerte. Bueno, volviendo a lo de los hombres que han estado en su pasado, no recuerda mucho de ellos, más que detalles vagos sumergidos en un contexto imperceptible. Recuerda que el primero desapareció un día sin dejar ningún rastro tras de sí, cortesía seguramente de la Policía del Pensamiento. Y del segundo recuerda un dramático suicidio del cual ella fue testigo. El pobre no aguantó el miedo a la Policía del Pensamiento ni a la habitación 101 y terminó con su vida de un disparo en la boca. Ella nunca había visto un suicidio. Nunca había ocurrido un suicidio en Oceanía; y como irrefutable evidencia de aquello se dispone de toda la documentación de la época, cortesía de departamento de Registro del Ministerio de la Verdad o Miniver, en neolengua.

Si hubiera sabido todas las restricciones que debía tomar una vez dentro del Partido del Exterior no hubiese entrado. En estos momentos, mientras engrasaba engranes, se preguntaba qué diablos tenía en la cabeza al momento de tomar esa decisión.

--Uff, --exclamó ella con una alegre sonrisa en el rostro y dirigiéndose al jefe segundo de las máquinas de engranes que componían las novelas- por fin este engrane anda como debe ser.

--Buen engrase, Julia. Sin camaradas como tú la gente se quedaría sin literatura de calidad y nos tendríamos que resignar a esos mediocres autores capitalistas –le dijo en tono serio el maquinista de engranes segundo en jefe.

--Bueno, ahora debo ir a reparar la otra máquina, camarada, adiós. La sonrisa en el rostro debía ser lo más natural posible: cualquier detalle que denotara algo anormal en ella podría poner fin a su existencia.

--Adiós, camarada, nos vemos en los 2 minutos de odio

“Es cierto”, pensó Julia. En esa ocasión tendría la oportunidad de acercarse al sujeto del cual ella tenía sospechas; podría observarlo y concluir por fin si estaba contra ellos o no. Esperaba tener suerte y hallar un momento en el que se justificara un acercamiento físico a él.

Se dirigió a paso rápido por el pasillo con el pesado cajón de herramientas en la mano derecha y con un tarro de grasa en la otra. Una luz tenue proveniente de las gastadas ampolletas del pasillo iluminaba todo lo que allí se encontrase. Julia, a medida que se acercaba a la telepantalla del pasillo, fue disminuyendo el paso; no era normal que alguien del Partido del Exterior llevara tanta prisa si la situación no lo ameritaba. Cualquier reacción inapropiada frente a alguna situación podría ser su boleto directo a la habitación 101, ese rumor que corría entre los miembros del Partido del Exterior. Todos decían que dentro de aquella estaba lo peor del mundo, y que todos los polits eran llevados allí...

Quedaban 1 hora y media para los Dos Minutos de Odio, tiempo suficiente para planear un acercamiento. Pero más le valía que fuera rápido, ya que en el lugar a donde se dirigía ahora habían dos grandes telepantallas: una situada en toda una pared, a la cual no se le escaparía ningún detalle, más aún si estaba en compañía de una menor cantidad de gente, y la otra, que estaba ubicada en el techo. La habitación a donde ella se dirigía ahora contaba con sólo 10 personas: era la sala de máquinas del Departamento de Novela (noveldep, en neolengua), el lugar encargado de mover todos los engranes de las máquinas para componer las novelas. Su trabajo era controlar un poderoso motor eléctrico, pero éste fallaba con mucha frecuencia.

El interior de la sala era muy ruidoso: la gran telepantalla emitía su estridente y repetitiva música militar casi todo el tiempo. Cuando no lo hacía era porque emitía sus sensacionalistas informes de última hora con respecto al frente de Asia Oriental. Las paredes estaban todas manchadas con hollín y anotaciones hechas con tizas; esta pared era usada también como pizarra ocasional, para anotar cosas importantes respecto a las reparaciones de las máquinas en caso de no tener papel a la mano. El material con el que estaba construido el edificio era cemento. A diferencia de todos los edificios que ella había visto antes, éste era el único que estaba deliciosamente estucado. En algunas ocasiones, a Julia se le hacían agua los dedos por querer sentir cómo la tiza se deshacía lentamente con el roce sobre esa suave y deliciosa pared. Dejar que ese deseo se exteriorizara como algo más que un cortés y oportuno (siempre pertinente o apropiado) “Necesito escribir el nombre de la pieza que de la cual debo pedir repuesto” habría sido equivalente a crimental. “Algún día..Algún día...” pensaba Julia en esos momentos. Habían 6 motores eléctricos en aquella habitación: el más grande era controlado por Julia y movía los engranes de las máquinas de hacer novelas. Otros 2 más pequeños eran controlados por compañeras de habitación de Julia: Catherine y Kathoshka. Estos dos motores movían los engranes de las máquinas que componían los misteriosos (todas las mujeres saben qué se produce allí) documentos producidos en pornosec. Las otras 6 personas que trabajaban ahí eran sólo conocidos de vistas para Julia y se repartían en pares por cada poderoso y alaraco motor. La persona que controlaba los peligrosos circuitos de alimentación eléctrica se llamaba Peter y era el encargado de regular, mediante perillas, enchufes y reguladores (todos casi sin más aislamiento eléctrico que recortes de goma muy gastados), la cantidad de corriente eléctrica que llegaba a los motores. En los días de la Semana del Odio, Peter debía hacer “malabares” para que las caprichosas alzas y bajas en el voltaje no afectaran los carbones de los motores, ya que debían encargar a un remoto comité las piezas de repuesto y aquello demoraba; en un caso así el empleado responsable del infortunio sería vaporizado y reemplazado por la pieza de repuesto que se necesitaba. Toda la habitación estaba tan mal iluminada como la fábrica de municiones a la cual Julia asistía en sus tardes libres. Así, realizar cualquier reparación era como arena en zapatilla de atleta para Julia (¿Sabría Julia lo que era el atletismo? R:No). Ella tenia la labor de reparadora porque el noveldep, específicamente en novelsec, realizaba cambios a la configuración de las máquinas de manera poco seguida (unas 5 veces por día, en horarios fijos), cosa que no se daba en los demás sectores. Así, Julia contaba con el tiempo para realizar estas labores de reparadora, aunque no lo era oficialmente.

El olor de esa habitación era insoportable: era un aroma que era la mezcla de los olores de sudor humano, resistencias eléctricas sobrecalentadas, soldaduras, orina, cemento y grasa para máquinas. Y, para darle más sabor, era la única habitación que tenía ese aroma. Entrar ahí sin poner una cara extraña (y cometer caracrimen) producto del olor era una proeza que Julia realizaba más que a diario. Cerca de cada motor había un tubo neumático por el cual llegaban las órdenes escritas de los jefes de las distintas secciones, en las cuales se señalaban en argot (una jerga técnica usada al interior del Ministerio, consistente en frases de palabras neolingüisticas, pero no en neolengua propiamente tal) los ajustes de velocidad, voltaje o piezas que se debían realizar al instante en los motores.

Julia llegó a esta pestilente habitación y comenzó de inmediato a reparar el sistema de transmisión por engranes. Su motor se hallaba apagado. Los engranes mal engrasados que engrasó hace poco en la otra máquina de transmisión no giraban del todo bien, se generó mucha tensión en el sistema de su motor y saltaron los engranes que salían de éste. Cuando estuvo de frente a su motor, se arrodilló, abrió la caja de herramientas y sacó una llave inglesa. Estaba llena de grasa y costaba mucho que no se escurriera de las manos. Luego Luisa encajó la llave en una tuerca y comenzó a girarla hasta sacarla de donde estaba: sacó la tapa que cubría el lugar de donde habían saltado los engranes anteriormente y vió, aliviada, que sólo se habían salido de su lugar y que nada se había roto. Tomó el engrane que ella sabía iba más al fondo y, así, uno por uno, los colocó en la posición correcta, y luego los afirmó con las tuercas que se hallaban esparcidas por el interior de la carcasa del motor. “Todo está arreglado ya, camarada Peter” le dijo a éste después de cerrar la tapa que cubría los engranes. “Ahora puedes darme la corriente para el motor” y al terminar de decirle esto Julia a Peter, ella se alejó del temible y poderoso motor eléctrico. Peter se puso un guante negro en la mano derecha y bajó un interruptor de cobre sin ninguna aislación eléctrica con su poderoso brazo. Saltaron muchas chispas desde el interruptor y también desde el circuto semi-expuesto del motor.... Pero no pasó nada malo: el motor inició su marcha lentamente, ganando velocidad poco a poco hasta alcanzar unas 14000 rpm (este dato es cortesía del tacómetro del Partido instalado en el eje central del motor).

Julia recibió entonces una órden del Jefe de Engranes, a través del tubo neumático, en argot: “Ele-Motor rpm dobleplusrápido, bajar rpm rápidodemodo hasta ordendarle”. Traducido a Viejalengua significa: “La velocidad del motor es demasiado rápida, disminúyala rápidamente hasta que le ordene lo contrario”. Entonces Julia disminuyó la velocidad del motor a la mínima, empujando una dura y oxidada palanca de hierro. El ruido emitido por el motor fue disminuyendo poco a poco, hasta que el Jefe de Engranes, a través del tubo neumático, le ordenó fijar la velocidad del motor a 5459 rpm. En ese instante el motor de hallaba a una velocidad de 6000 rpm. La petición del Jefe de Engranes le generaba un problema a Julia: Las velocidades de motor requeridas para las máquinas que hacían las novelas eran muy exactas, más de lo que permitía visualizar el tacómetro del motor, cortesía del Gran Hermano (No podía ser de nadie más tan cortés gesto). El tacómetro sólo indicaba las velocidades de 500 en 500 (rpm). Esto no permitía situar con eficiacia la velocidad del motor en una velocidad tan rebuscada como lo era 5459 rpm. Así que Julia hizo su mejor esfuerzo por alcanzar la dichosa velocidad. Después de muchas faltas, cualquier trabajador del Partido podría ser llamado a la Oficina, en la cual se procedía a la vaporización, según se rumoreaba en los barrios proles. No llegar a la velocidad exacta pediada por el Jefe Primero de Engranes podía traerle como consecuencia la tan temida y poco nombrada vaporización.

Por fortuna, aunque no llegó a la velocidad requerida, el Jefe se sintió satisfecho con la que Julia alcanzó, porque con esa velocidad se logró un mejor argumento para las novelas.

Durante la hora y veinte minutos que quedaban antes de los Dos Minutos de Odio Julia no debió hacer ningún cambio más a la velocidad del motor. Eso le dió más tiempo para planear cómo acercarse al sujeto misterioso y también le permitió usar más capacidad intelectual para fingir cara de felicidad frente a la telepantalla.

Julia recordaba que sus padres vivían siempre muy asustados. Ellos eran militantes del Partido desde antes de que éste provocara la Revolución. Según ellos le contaban a Julia, eran muy jóvenes cuando sus padres (los abuelos de Julia) los inscribieron. En ambos casos ellos inscribieron a sus padres (los de Julia) para resguardar su futuro. “”Esos capitalistas se arrepentirán de sus abusos cuando el Partido logre mayoría en el Parlamento. Para cuando eso pase, tú, como miembro que eres y serás del Partido, te tendrán en consideración y te premiarán por la insolencia hacia al capitalismo que con tu inscripción al Partido haz hecho.”,”Solía decirme mi madre””, solía decirle su madre a Julia.

-Hija, por favor, inscríbete en el Partido. Si no lo haces serás perseguida- recordó Julia cómo le decía su madre-. ¿Acaso no viste cómo le pasó a Mathew?¿Eh? Sus padres también pertenecían al Partido y ellos tabién tenían un hijo que no se quería inscribir en el Partido- le decía en tono suave, pero alarmado-. Sería muy raro que después de haber sido una activista partidaria durante

tu niñez y tu adolescencia no quisieras militar en el Partido. No lo hagas por nosotros, hazlo por tí, por

favor, hija mía.

-No seas exagerada, mamá- decía Julia con una despreocupacíon tal que hacía que a su madre le dieran ganas de estrangularla-. Ni siquiera sabes qué fue lo que le pasó a Mathew. Quizás sólo se le quedó la puerta abierta cuando se quedó dormido y entraron los ratones hambrientos a comerserlo, parecido a lo que les pasa a los huérfanos de menos de 7 años- terminó la frase con tono despectivo-.

-Las ratas se demoran en comer y no son tan silenciosas como para que los gritos de sus víctimas no despierten a nadie. Sólo la Policía del Pensamiento puede hacer trabajos así- decía su made con tono aprensivo.

-Cálmate, mamá. No me va a pasar nada...

-A tí, por ahora, no te pasará nada, porque ellos no te culparán a tí de tu conducta herética, sino a tus padres, que somos nosotros. Inscríbete, muchacha de mierda- su madre cambió de tono hasta ahora relativamente comprensivo a un tono agresivo casi desesperado y alterado, pero sin alzar la voz-. No ves acaso que por tu culpa tu papá desapareció hace 2 días. Tú crees que no es por tu culpa, que quizás se lo llevaron al Frente de Asia Oriental. Mentira, mierda, fue por tu culpa.

-Entonces voy a esperar a que te lleven a tí tambien, ahí yo me voy a inscribir...porque sabré que lo que me dijiste era verdad...

Esta conversación, según recordaba Julia, se desarroló en el sótano de su antigua casa. Ésta era una de las pocas donde aún no habían telepantallas, cortesía, seguramente, de la burocracia. Pero, proféticamente, su madre desaparecío 5 días después de acontecida la conversación. Convencida quedó Julia entonces de que en su sótano había un micrófono y jamás se atrevió a hablar nada heterodoxo en ningún lugar ni a nadie, aunque sólo lo había hecho con su madre unas 3 o 4 veces. Convencida quedó también de que Mathew fue arrestado por la Policía del Pensamiento, que en ese entonces no tenía la efectividad y poder tecnológico que ahora la hacía temible. Entonces, al día siguiente de la desaparición de su madre cogió sus botas favoritas (el Partido ya se había encargado de que todos se volvieran adictos a las modas impuestas por el mismo, mas sin atropellar a GH y a sus principios) y su mejor abrigo y se dirigió al edificio de Juventudes Partidistas, entidad que más tarde sería conocida como Liga de La Juventud, y realizó su trabajo de secretria con más ganas que nunca.

1974 era el año de la desgracia de su madre y no podía permitirse exteriorizar sus sentimientos, a pesar de que las telepantallas no pudieran distinguir muy bien los rostros aún. No podía confiarse...muchos niños eran espías aficionados, sin contar a todo el personal del edificio al que se dirigía; a éstos había que considerarlos como fieles zombies del Partido. Y para hacer más sabrosa y deafiante su situación, los micrófonos ocultos por doquier podían ser los traicioneros hombros de sus pesares, listos para condenarle a muerte en cualquier instante.

Salió Julia de sus retrospectivos pensamientos y volvió su mente sin ningún agrado a la pestilente habitación de los motores. Miró el reloj que estaba colgado la pared. Los números del reloj eran verdes y la luz emitida por éstos ayudaba a iluminar la habitación. 11:55:57':98'' observó Julia. “Por la mugre, ya se me fueron los 80 minutos que tenía para planear el acercamiento...”, pensó, deseando poder pensar con más groserías sin que su rostro, a través de los ojos, acusaran tal acto de suberción.

Julia disfrutaba de hacer cosas heréticas para el Partido, como decir groserías, maquillarse, usar perfumes, etc, pero casi nunca tenía oportunidad para realizarlos en ningún lugar sin ser descubierta; ni su mente era ahora (11:56:25':76'', 4/4/1984) un lugar seguro. Estos mismo pensamientos podían ser ahora descubiertos, porque en los diez años que han pasado desde su inscripción al Partido del Exterior, “esos desgraciados -como ella le diría a Winston en sus pensamientos- han desarrollado paralelamente el estudio facial junto las nuevas tecnologías en telepantallas; así nadie podrá pensar nada herético sin que su rostro lo delate y ellos le castiguen”.

Julia, por primera vez, notó en su sala de trabajo la ausencia de un “agujero de la memoria”. El calor emanado por esas misteriosas compuertas de hierro era algo que ahora ella extrañaba. Prefería sentir el calor como una brisa que la golpeara en la cara que como un aire caliente que la ahogara. Era esto último exactamente lo que estaba sintinedo ahora: un ahogo; una sobreexitación de su bulbo olfatorio, producto de la pestilencia que hiede cada punto de la habitación; una desesperación; una necesidad de sentirse libre se raros aromas. Lo que ella no sabía era que esas sensaciones eran producto de su suberción mental oculta. Lo que tampoco alcanzó a percibir en el momento oportuno fue la forma en que estos pensamientos exteriorizados afectaron su actuación frente a la telepantalla. Cuando se detubo a evaluar la posibilidad de que su mente estuviera siendo observada, se dio cuenta de las cosas que la estaban delatando frente a ellos: su mirada se hallaba perdida, sin un punto definido de observación; unas gotas de sudor bajaban por su nariz, a pesar del frío de la habitación, los tendones de sus manos se hallaban tensionados sobre las palancas de control del motor, lo que significaba que sus músculo estaban contraidos.... sin oportuna razón. Esto último no preocupó a Julia: el mono usado como uniforme oficial del Partido cubría la mitad de los antebrazos (...al empate, antebrazo oculto...).

Lo que realmente la preocupó fue que las gotas de sudor que le corrían por la nariz habían descendido unos cuantos centímetros y seguían avanzando en dirección al precipicio.... Julia, tomando en consideración la pocisión de su cabeza, calculó que las gotas caerían sobre los contactos eléctricos de las palancas que manejaba.


Comments: Отправить комментарий



<< Home

This page is powered by Blogger. Isn't yours?