понедельник, июля 31, 2006
Super Cuentos
Casi 2 meses después... Me dirijo a mi sala para someterme a una clase de lenguaje después de almuerzo y mi profesora me pasa un sobre blanco. en el interior de éste hay una invitación a la premiación del concurso de cuentos.
por fin la espera había terminado, ya estaban demorando tanto que pensé que era una farsa...
Me pongo el uniforme completo de colegio (llevarlo puesto es algo raro) para ir a la premiación. Aunque sé que todos los participantes reciben invitación, hallan ganado algo o no, tenía la convicción de que algo había sacado.
Llegué media hora tarde a la ceremonia que se desarrolló en el sporting de viña. Entré al "aula" de ceremonias: estaba atestada de personas, con aromas raros suspendidos en el dioxido de carbono (no se podía llamar aire). Mi profesora, la jefa de utp y unos compañeros que también participaron se hallaban en la puerta del aula, intentando elevar la vista por sobre la multitud y poder ver algo de la ceremonia. Ellos tampoco habían podido llegar a la hora a la ceremonia. Me acompañaban mi madre y mi hermano en ese lugar; ella me trajo desde quilpué en automovil. Ella me convenció de abrirme paso entre la gente para poder observar algo. Cuando logré alcanzar una posición descente, observé como premiaban a los primeros 10 lugares del concurso. Pero una conversación captada "al vuelo" entre uno de mis compañeros y su (no sé que era de él) que decía algo de un chico Carrera, Cabrera o Barrera que había sacado "algo" mantenía viva en mí la convicción con la cual llegué.
Le dije a mi madre lo que yo creía y, al final de la premiación y sin pensarlo, se dirigió al frente del aula, donde aún se hallaban algunos de los organizadores. Yo la seguí y, cuando llegué a donde estaba, ella ya había preguntado si había algún premio para mi. En unso segundos un diploma aterrizó en mis manos: de 500 concursantes había sacado el 11º/20º lugar (no sé cual de todos). Lo curioso fue que no supe cual de los dos cuentos "ganó". Al salir del aula (luchando por el espacio físico contra los que tambien querían abandonar la sofocante habitación), estaban todos mis compañeros conversando con la profesora y con la utp's boss. Pasé cerca de ellos, pero ninguno me advirtió. Cuando estaba listo para irme al auto y proseguir con el itinerario que mi mamá había preparado, la profesora levantó el cuello, me miró y me llamó. Me hizo 2 preguntas:
Pregunta 1: "Y, ¿ganaste algo?"
Mi respuesta: Sí, (le conté el lugar que saqué, al cual no le correspondía ningún premio material)
Pregunta 2: "¿Hay algún premio para el colegio?"
Mi respuesta: "no sé".
La verdad es que no el dí bola al profundo significado que tenían esas preguntas. Cuando iba camino al auto, junto a mi mamá y mi hermano, me puse a pensar qué hubiera pasado si hubiese aceptado la "sugerencia" que la utp's boss me hizo en el colegio: "¿no te quieres llevar a alguno de tus copañeros?" . Ellos se habían venido a la ceremonia en un colectivo que tomaron en el centro de la ciudad (tenían planeado llevarnos en furgón, pero no les crugió para moverse y conseguirse uno, oh oh oh!, en furgón querían....). si le hubiera dicho que sí mi auto hubiese gastado más bencina en algo que no valía la pena (más adelante les aclararé esta afirmación).
Nos subimos al auto y partimos a la casa de una tía. Mi mamá iba un poco enojada. principalmente por la actitud despreocupada que los Representantes del Colegio tubieron conmigo. Las preguntas y la poca organización para el transporte de nosotros delataron la despreocupación que tenían para conmigo por lo menos (poco le importa a mi madre lo que sea de los demás en temas como éstos). Las preguntas tenían el toque justo de preocupación por uno, como para no pensar que eran unos desnaturalizados (pregunta 1), pero su real interés es el prestigio del colegio (pregunta 2 y el Transporte "económico" para el colegio -qué les costaba poner un furgón?). Reflejo de esto último también es el hecho de que no me habían inscrito para un concurso anterior, sino que llegué a la sala de los exámenes y cuando se terminó de pasar la lista de asistencia a los participantes me levanté junto a una compañera (tampoco inscrita) para "regularizar" la situación con lápiz de grafito con el tipo que pasó la lista. Ni siquiera la molestia de llamar al establecimiento organizador del otro concurso ( no el de los cuentos) se tomaron. Y para que me inscribieran a ciertas olimpiadas misteriosas (el que sabe cuales son no se lo diga a nadie, porque ese dato me delataría) hasta tuvo que llamar mi apoderado al colegio; no fue suficiente el asedio constante que ejecuté contra utp's boss un mes antes de que acabaran el plazo para las inscripciones, sólo se dignaron a prometer hacerlo cuando los llamó molesta la persona que les da el capital.... da para pensar un poco.
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Palabras textuales de cierto profesor al pedirle por favor que presionara por donde pudiera durante el último día de plazo para que me inscribieran en las olimpiadas misteriosas: "No los puedo obligar a inscribirte, pero voy a catetear con el tema durante el consejo de profesores".
Es cierto. A veces uno dice las cosas sin pensar mucho. Pero esa misma falta de reflexión en lo que se dice es lo que hace que lo que se diga signifique exactamente lo que uno piensa y no lo que uno debe decir, como es el caso recién citado.
Bueno, ése fue un buen día gracias a Dios (todos los días son buenos gracias a Él): tuve ropa limpia que ponerme, un techo donde convijarme, una cama calientita pa dormir, una familia que me apoya, una revelación de mi realidad, entre otras cosas.
Supongo que quieren saber cómo son son los cuentos que mandé, bueno aquí les subo los dos. posteen y digan cual piensan que ganó (hasta hoy no sé cual fue):
Cuento 1
John, la primera falla del sistema Estatal
Por los infectos pasillos subterráneos del edificio en el que trabajaba, John, el empleado, huía de los secuaces de su Jefe. Éstos superaban las destrezas físicas de John, y lo atraparon sin mucho esfuerzo. John forcejeó inútilmente contra los matones de terno de segunda mano y corbata desteñida, llevándolo éstos hasta uno de los lugares más peligrosos del edificio: la Oficina del Jefe.
Ahí a John le dio una fuerte indigestión, producto del bien fundado miedo que sentía por su Jefe. Éste último ordenó mediante un “cortés” ademán a sus matones que se retiraran de la oficina, procediendo luego a apagar la cámara que la vigilaba....quizás por qué lo hizo. Toda la vida de John pasó ante sus ojos...mientras, intentaba aguantar el terrible dolor de tripas que lo asediaba.
Se vió a sí mismo nacer de una mujer que lo vendió como materia prima humana al Estado. Luego ocurrió un crono-salto y vió cómo era rechazado por todos sus compañeros de educación, siendo ya un adolescente delgaducho de aguda fisonomía. Luego se vió a sí mimo siendo obligado, a punta de estoque y por un profesor, a escoger servir a la patria en el campo corrupto-administrativo a los 17 años. La planificada ”Educación” impartida por el Estado a sus futuros esclavos los convertía en seres autómatas e insensibles, incluyendo a John, razón por la cual no pudo resistirse a la orden dada por el buen profesor. Analizando lo que veía, notó grandes lagunas en sus recuerdos: ¿Qué había sido de él entre los 13 y los 17 años? Sólo veía hechos puntuales inmersos en un contexto imperceptible. Luego se vió a los 23 años apilando papeles en una oficina mugrienta, fétida, chica y atestada de otros productos de estatales como él, que lo rechazaban tal como cuando niño. Pero después de eso se vió a los 25 años “hackeando” un computador del Estado, consciente de los abusos que se cometían contra él y sus “estimados” iguales, con voluntad propia y con ganas de vengarse de éste. John no recordó ni se explicó ese cambio de actitud suya frente al Estado. En ese instante terminó de toda su vida frente a sus ojos y notó que su Jefe estaba parado frente a él, listo para comenzar con el tormento. John había sido atado firmemente, cortesía de los matones. Producto de eso, sentía una gran impotencia, ya que no podría defenderse de forma alguna. Pero a John, el corto tiempo en el cual gozó de voluntad propia, le había enseñado que no debía ocupar su mente en una sola cosa al mismo tiempo. Por eso, mientras su Jefe preparaba los proyectores, John intentó despejar su mente y dedicarla a recordar lo sucedido con él en los enigmáticos y misteriosos vacíos temporales de sus recuerdos.
Pero alcanzó sólo a conjeturar la monotonía de aquellos vacíos cuando comenzó todo. Su Jefe, cordialmente le dijo: “supongo que durante tu 6º de Administración te hicieron leer un libro, en el cual castigaban a las personas muy inteligentes y curiosas enfrentándolas a sus temores ocultos en una habitación numerada 101”. Por desgracia, John no se conocía los suficiente como para prever lo que le esperaba. Entonces su Jefe prosiguió, pero con tono desquiciado: “durante el Gobierno se han hecho estudios acerca de los distintos castigos posibles frente a los curiosos que ponen en riesgo nuestra permanencia en el poder. Y se descubrió que uno de los mejores castigos era el que te dije, el de los temores. ¿Acaso crees que les hacemos leer durante su “Educación” los libros que nos dicte nuestra caprichosa imaginación? Ese libro era advertencia para ustedes; así nos ahorraríamos tener que eliminar a tipos beneficiosos -en potencia- para nosotros. Pero estaba el problema del espionaje para saber los temores de esas personas. Por eso a los niños se los somete a un análisis de potencial inferencial. A los pocos que obtienen altos valores se les asigna una espía que monitorea sus movimientos y actitudes. Y los que son reportados peligrosos son, ¡ejem!, “rectificados mentalmente”, o eliminados si nos resulta conveniente. ¿Recuerdas a Parro, ese tipo de aspecto peculiar, por decir lo menos, que se juntaba contigo durante esas interminables tardes de castigo a las que eras sometido? Bueno, ése era tu espía. Obviamente lo que ahora haz tenido el lujo de saber no se lo podrás contar a nadie”. John estuvo observando y escuchando a su Jefe desde el suelo, sin poder moverse. “Tú eres muy eficiente como para eliminarte, así que te rectificaremos”, le dijo su Jefe. En ese instante, toda la Oficina se oscureció y comenzaron a aparecer mediocres hologramas de los compañeros de colegio de John, recreando falsos episodios de rechazo. John tenía un increíble temor al rechazo social, razón por la cual nunca había interactuado con sus pares más de lo necesario. Y a raíz de eso, toda la “energía” que se supone debió usar en dicha interacción social se canalizó y expresó como aprendizaje y buen rendimiento escolar y laboral. Fue eso mismo lo que hizo que su mente percibiera la Verdad. Y John, inmerso miedo, comenzó a gritar y a retorcerse inútilmente, intentando alejar a esas crueles y mal diseñadas creaciones del Estado. Cerró sus ojos, deseando que se fueran, murieran o que les cayera encima cualquier cosa que les impidiera estar ahí. Pero nada sucedía... hasta que de repente todo volvió a su inicial oscuridad. John se sintió aliviado, pero aquello no duró mucho. Al instante surgieron otras figuras holográficas de menor calidad que las anteriores, de más edad y recreando episodios de rechazo ocurridos durante su 2º de Administración. Y así se sucedieron episodios de rechazo, algunos de los cuales John no recordaba... Cada vez el pánico de John se incrementaba, conforme avanzaban los episodios: las contorsiones de su cuerpo aumentaban en fuerza y amplitud.... y sus gritos apagados por la sarcástica risa del Jefe: “¡Ajajaja!”.
El Estado fabricaba personas autómatas, muchas veces incapaces de tomar una decición tan simple como si avisar o no a un superior la invasión al sistema de cómputo de un virus. Muchas veces este problema presente en los empleados frabicados para el Sistema Administrativo Estatal había cuasado problemas, como la vez cuando se armó un incendio en la oficina 73.5.c del Edificio Central Administrativo, teniendo como causa la indecición de un empleado de cortar o no el suministro eléctrico de su oficina, estando su impresora incendiándose por atascamiento de papel, y cosas por el estilo... Desgracias como esa no habían tocado al edificio de John, pero todo tiene su excepción. Mientras el Jefe impartía la medida represiva del entendimiento a John, un “esclavo” de bajo rango (tan bajo que resultaba casi chistoso), abrió la puerta de la oficina sin siquiera avisar. “Es que no me respondía por el citófono y preferí venirle a preguntar personalmente, Jefe”, se excusó el empleado, asustándose al comprender que había interrumpido algo muy importante. En ese instante ocurrieron dos cosas interesantes: el Jefe desvió toda su furia contra el desde John hacia el recién llegado y, lo más impactante, la mediocridad bien disimulada de los amtones del Jefe se vió expresada en la ruptura del nudo que mantenía a John inmóbil, ruptura producida por las vigorosas contorsiones de éste. John, aún paralizado de pánico no tardó en notar la escena del Jefe estrangulando al recién llegado. Comprendió al instante que esa era su oportunidad de escapar de la Oficina... Salió corriendo a toda velocidad desde el piso 100, pero aún se hallaba atontado por la tortura sicológica a la cual fue sometido. Esto le produjo colisiones con varios productos estatales como él, que se encontraban afuera de las oficinas del pasillo, a la espera de que sus superiores les dijeran qué decisiones tomar. John botó a varios al suelo y los pisoteó cual marido a foto de suegra; todos los tipos que se hallaban ahí reconocieron en la escena una situación de importancia. Sin notar el rastro de heridos que dejaba a su paso por el lugar, John continuó su carrera hacia el lugar seguro: la oficina Misteriosa de piso 22. Antes de llegar allí, notó que otros matones de aspecto más profesional lo perseguían, y comenzó a dudar de la eficacia de su escondite. Mientras esperaba que éstos se dieran por venciados en su búsqueda, se acomodó al interior de esa fétida, minúscula y olvidada oficina y se puso a intentar recordar qué le habían sucedido en la vacíos de su retroproyección “Pre-Mortem”. Pero lo que más quería explicarse era su cambio de actitud frente al Estado: Entonces, cortesía de la memoría que habitualemtne lo traicionaba, le sucedieron una avalancha de recuerdo enmarañados, pero vagamente distinguibles, entre los cuales pudo distinguir, cual gato en perrera, el momento exacto en el cual a su mente le fue dada a conocer la Verdad...
Cuento 2
Fábrica de Desigualdad
Desayunando “caldo de tetera”, el apoderado Jim contemplaba a Tük, triste por la falsa educación que el Estado le impartía a éste. Conocía el sistema encargado de mantener la desigualda social en el país, pero haberle confidenciado eso a alguien equivalía a la muerte. Así, estaba condenado a una solitaria “dicha”. Terminado el desayuno, tomó a Tük de un brazo cariñosamente y se lo llevó al colegio a pie.
En el camino observaban cómo personas más afortunadas usaban el transporte “público” (consideren público como a la gente que le sobre dinero suficiente como para pagar por su transporte). “Quiero que de ahora en adelante, Tük, me cuentes qué cosas te enseñan en el colegio y cómo te las enseñan”, le dijo amablemente Jim. “Sí, papi”, contestó Tük de sólo 7 años. Luego se este breve intercambio de palabras, ambos contemplaron desde la vereda, con la leve alegría de estar vivos, cómo el atestato microbús del transporte pirata/público, apodado cariñosamente “Peter Negro 2”, sucumbía en el acto ante la sobrecarga de pasajeros, siendo sus frenos inútiles en la inclinada pendiente, desbarrancándose hacia la quebrada que quedaba a la vuelta y dejando tras de sí un rastro de humo tóxico y oscuro de Diesel mal quemado. Prosiguiendo por la destartalada e infecta vereda, Jim y Tük caminaron un poco más y llegaron al colegio “Charles Dickens Jr”. “Acuerdate de lo que te dije, Tük. A la vuelta del colegio me cuentas lo que te pedía, ¿ya?”. Tük asintió con la cabeza y se despidió de Jim con un abrazo. Éste no pudo evitar darse cuenta de que el inspector-portero-profesor de música y educación física tomaba una muy mal disimulada atención a lo que Jim le dijo a Tük. El portero saludó a Tük cordialemente, pero el chico lo evitó, porque le daba miedo la cara de idiota que éste ponía al saludar a la gente. Jim quedó muy preocupado, ayq ue el espionaje de pacotilla realizado por los docentes al interior de los colegios era tomado en serio por el Estado. Así, algo que fuera advertido por ese portero “multiuso”, en poco tiempo sería sabido por todos los docentes, de los cuales éste era primo.
Jim era peajista de una carretera Concesionada, o sea, tenía el lujo de trabajar en los mejores caminos y no en los del Estado. Y, aunque la paga fuera una burla, era una de las más estables del país. Producto de la baja cantidad de vehículos existentes, Jim tenía mucho tiempo para pensar y analizar la educación que le impartió el Estado a través de ese profesor que enseñaba todas las asignaturas habidas y por haber, como Cocina Casera, Física aplicada al crecimiento de vegetales ornamentales, Matemáticas aplicadas a la astrología Sumeria, Chino Mandarín, y cosas por el estilo. En su juventud conoció a una pareja de adultos “adinerados” que eran fieles clientes de sus servicios de transporte a tracción animal. Como esta pareja vió en Jim a un buen muchacho, permitieron a su hijo interactuar con ese pobre espécimen. El Estado había implementado un sistema de división social basado en mensajes subliminales, que volvían a los 2 estratos sociales uno contra otro. Este sistema tenía por objeto evitar la interacción entre la clase pobre y la clase más pobre. Pero al Estado no le resultó con esta pareja y su hijo. Durante la breve amistad entre Jim y Johan, éstos se conocieron y vieron que el Estado estaba equivocado en sus mensajes de repudio. Intercambiaron sus vivencias, que eran bastante parecidas -precarias rucas, noches de hambre y frío, paseos en harapos- , pero a la hora de hablar de la enseñanaza escolar, impactó a ambos la diferencia: a Johan le enseñaban Matemáticas Avanzadas, Ciencias Elementales nivel 2, Lenguaje Mundial 1, Sistema Político Orwelliano, Historia Universal y Economía Básica. Mientras, a Jim sólo le enseñaban estupideces -las ya mencionadas-.
Al día siguiente de eso, la pareja y Johan no llegaron. Y al día siguiente tampoco. “Seguro el Estado los pilló”, pensó Jim, al cual Johan, como último legado, le dejó la duda de por qué el Estado hacía esa diferencia de educación entre el alto y el bajo estrato social. Cuando jim salió de la escuela, graduado con honores en “Sumas y Restas Largas”, se enteró por el Periódico del
País de que un tipo llamado Johan Irarrásbal Ruiz-Tagle se había graduado de “Ingeniero Comercial con mención en Control de Flujo Económico Errático”. Y entonces Jim se preguntó por qué él no podía graduarse de lo mismo que Johan. Luego descubrió, por investigación propia, los inalcanzables valores monetarios de esas graduaciones, la aún más imposible de completar malla curricular exigida para el ingreso y el reducido y selecto puñado de gente que podía entrar a los establecimeitnos que los daban. Tambien descubrió que no había ninguna de esas afortunadas gentes en cientos de kilómetros a la redondas. Durante su investigación devió recurrir a la mal llamada Biblioteca Local Estatal en la cual descubrió un documento muy antiguo y que se encontraba oculto bajo una tabla suelta del suelo.
En ese documento aparecía el nombre de su autor: simplemente “John”. Ese docuemento trataba de las clases sociales: se daban las características de cada una, las cuales permitían notar las sutiles diferencias entre una y otra, su ubicación geográfica, etc. Pero lo que más impactó a Jim fue la graficación de toda la información en un mediocre, pero profundo dibujo: la Pirámide Social. Este dibujo tenía como 10 cms de alto y la clase social alta ocupaba la punta de éste -casi 5 mm- ; todo el resto del área era para los más pobres. En ese momento todo lo que Jim sabía -la educación discriminatoria, los reconocimientos públicos a la clase alta- , encontró un resultado abrumador en el país. “¿Por qué el Estado se contradice, diciendo que se esfuerza por una educación igual para todos, y sólo se preocupa de agrandar la brecha intelectual entre las clases sociales?”, se preguntó Jim en ese momento. No hallaba beneficio para ningún estrato social en aquel hecho.
El bocinazo de un apurado camionero sacó repentinamente a Jim de sus retrospectivos pensamientos. Jim debía rememorar sus vivencias para que no quedaran sepultadas bajo la agobiante monotonía de su vida. Dió el vuelto al pestilente y miró la punta de sus dedos con repugnancia instintiva. Su mente le decía que ése era el último vehículo del día y ahora tendría mucho tiempo para indagar mnetalmente quiénes eran beneficiados por esa actitud contradictoria del Estado. En ése momento recordó que su país no era el único del mundo; o sea, habían más tipos como él y suelos como el suyo. Como relámpago mental el recuerdo de Johan mencionando algo referente al comercio exterior con la República indígena Democrática, ubicada en el norte, le alumbró la mente, pero no indicaba beneficiados de la desigualdad nacional. Como buscar a tal beneficiado resultaba difícil, Jim se puso a idear la “Educación igualitaria” en su mente, pero ésta (su mente) ahora era aguzada y detectó al instante que si todos recibieran educación igualitaria, no tendría sentido la existencia de esos colegios con nombre alemán y directores gordos de cara sonrojada. Esta revelación mental le produjo una sensación fugaz de superioridad respecto a los otros peajistas. Pero no le duró mucho esa sensación, ya que no pudo evitar que su mente infiriera que el objeto final de la desigualdad fabricada por el Estado era hacer que se instalaran esos colegios extranjeros para gentes afortunadas, y que éstos nutrieran las arcas fiscales con los altos impuestos que les eran cobrados oportunistamente. Ese conociemiento lo llenó de miedo, ya que mientras siguiera siendo esa actividad rentable, la situación educaciónal seguiría igual o peor. “Pobre Tük”, pensó Jim.
Durante el resto de su jornada laboral, jim aprovechó de pensar en los otros posibles beneficiados y, aplicando la lógica de su reciente inferencia, descubrió que cualquier instalación extranjera con fines de lucro podía ser ordeñada convenientemente por el Estado. Así, la precariedad no se restringía a la educación y abarcaba muchas más áreas de las que jim podía imaginar con recién estrenada mente. Cuando por fin su jornada laboral había terminado, se apresuró a llegar a su “casa”, donde estaría Tük, listo para entregarle al información que confirmaría sus ociosas especulaciones.
Al llegar allí, Tük lo esperaba con cara de cachorro temeroso. “Tük, cuéntame qué te enseñaron hoy en el colegio”, dijo Jim sin advertir la cara de Tük. Entonces éste le contó a Jim: “Conocí lo que era la mayonesa y me enseñaron con todos mis compañeros a hacer papas mayo, pero uno de ellos me apretó el envase de mayonesa y saltó un poco al suelo. Entonces el profe-protero me regañó mucho por desperdiciar los pocos recursos que tenían y me llevóa un cuarto donde estaban almacenadas muchas bolsas de mayonesa tibia y me golpeó con los puños en la espalda...” Llegado a ese punto del relato, Jim no pudo aguantar la ira en contra de ese portero con cara de idiota y partió corriendo hacia el colegio, convenciado de que, a pesar de que no era horario de clases, ese tipo seguí ahí, vigilando a la nada. Una vez en el lugar oteó la mediocre y casi chistosa reja del colegio, mezcla de hierros oxidados y cholguán claveteado a la carrera, en busca de ese desgraciado portero. Cuando lo encontró con la mirada, se abalanzó sobre el sorprendido mequetrefe de capa azul gastada, partiéndole la cara a puñetazos. Terminada la inútil venganza, Jim retornó traquilamente a su casa, pero en el camino fue arrestado por Secuaces del Estado. Imaginó entonces que su destino y el de Tük sería parecido al Johan y sus padres, pero con la gran diferencia de que Tük nunca sería más que un vendedor de papas-mayo ambulante.
